22 de octubre de 2006

Los tres caballeros

Muchas veces sucede que vemos una película americana en la que aparece un mexicano sombreroso, rancherón, violento, gritón, huevón, borracho y con pistola, y muchos responden diciendo: "ash, me cagan los estereotipos que tienen los gringos de mierda" (y a la vez, yo le respondería: "ajá, pero tu eres el primero que critica a los americanos porque son gordos güeros ignorantes que viven en un Mcdonalds, cuando eso también es un estereotipo, hippie comemierda"). Acusaciones racistas a un lado, lo cierto es que en estas películas normalmente salimos mal parados y nos resultan muy irritantes.

Sin embargo existe un único largometraje que nos dibuja a los mexicanos como lo peor y aún así se ha ganado nuestros corazones a lo largo de los años y a través de varias generaciones.


Estoy hablando, por supuesto, de "
Los Tres Caballeros", secuela de "Saludos Amigos", producida por la casa Disney, distribuida por la vieja RKO en 1944 y creada por los americanos básicamente para ganar la simpatía de latinoamérica durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Mi diagnóstico? Misión cumplida. Tienen mi voto para barrer Irak y demás paisetes cuartomundistas por lo que queda del nuevo siglo.

Es una gran película, o al menos la primera mitad lo es. A decir verdad, no me divertía tanto frente a una televisión desde la cobertura del asesinato de Paco Stanley.

Los Tres Caballeros, escena por escena

La animación comienza con un cumpleañero Pato Donald recibiendo un enorme paquetón con remitente latinoamericano.



Yo no vivo en Estados Unidos, pero si lo hiciera (y créanme, estaría más feliz que viviendo entre ustedes, mexicanos cochinos), habría una regla muy importante en mi casa: "Si llega un paquete de latinoamérica, no lo abras y llama al 911 cuanto antes" pero el Pato Donald, ignorando los peligros que Colombia suele ofrecer al resto del mundo, no espera ni un minuto y lo abre desparpajozamente revelando tres sub-regalos misteriosos.


El primero de estos regalos es un proyector de películas caseras y es también la parte de la película que, a pesar de ser muy entretenida, nos nos concierne en este artículo. Lo único que puedo decir es que involucra:

Televisión anal.

Calefacción anal.

Un pingüino sidoso (por tener sexo anal).

Un plagio del Pájaro Loco (o Péjaro Laco).

Un niño argentino que se toca sus partes.

Y un niño argentino que le toca sus partes a un burro después de haberle deslizado sexopastillas en su mate.

Lo que sí nos concierne es el segundo paquete, que proviene de las profundidades de la selva brasileña y contiene a un viejo amigo del Pato Donald que no parará de moverse, gritar y saltar durante el resto de la película. Hablo, por supuesto, de nuestro querido José Carioca: un alegre periquillo obsesionado con el colorido pueblo de Baía y que hará hasta lo imposible por vendernos tiempos compartidos en sus hermosas costas... entre otras cosas.


Baía es, al parecer, un nido de prostitutas y un paraíso farmacológico ya que al adentrarnos en sus fronteras lo único que vemos en pantalla es una colección de sensuales bailarinas, orgullosos pimps, chillantes colores e hipnotizantes caderas.



Durante los siguientes veinte minutos vemos al Pato Donald intentando conectar con la brasileira y a ésta dejándole azules sus huevos de pato gracias a una serie de sementales no identificados que bailan samba.



Donald intenta de todo... movidas de esqueleto, palabras dulces, incluso violencia en contra de uno de los sementales con un enorme martillo, pero nada de eso le resulta. Al ritmo de música tradicional brasileña, Donald pasa de ser un alegre patito picarón a un amargado depredador sexual que abusa de las drogas y hierve en su propia bilis.


Es por esta razón que Pepe Carioca toma la difícil decisión que tanto odiamos las personas sanas que tienen amigos drogadictos: Se perderá de la fiesta con tal de sacar a su amigo imprudente del antro antes de que alguien le caiga a navajazos.


Qué triste final para un viaje tan alegre.

De vuelta en casa de Donald, con una amarga cruda moral, Carioca intenta alegrar a su amigo recordándole que aún le queda un tercer regalo por abrir...

Un regalo proveniente de México.

Pero antes de eso, un still que no explicaré para que utilicen su basta imaginación tratando de descifrarlo:


Ahora... Continuando con la sorpresa mexicana.


¡Ave María Purísima, qué miedo! Burlándose de todas las leyes aduanales vigentes de la Comisión de Salubridad Nacional e Importación de Bienes Consumibles Perecederos... ¡El paquete contiene un gallo vivo!


Él es Panchito, el ranchero. ¿Y qué es lo primero que hace el vicioso gallo norteño al salir del paquete? Pues lo que constituye la base de la economía de la comunidad latina en Estados Unidos...

El Wetback Greeting:

Paso 1: Inocente pero decididamente, sacuda muy fuerte la mano de su víctima al saludarla.


Paso 2: Recoja del suelo las ganancias de su sacudida y cómprese su preciado mezcal de siete pesos.


Paso 3: Si el método anterior no funciona. Pague con su Mexican Express:


¡Pero Donald y Carioca no son rencorosos! Saben que un mexicano tiene que ser un mexicano y no sólo lo perdonan, sino que comienzan a cantar el famoso tema de los Tres Caballeros que empieza con este curioso verso:

We're three caballeros three gay caballeros, they say we are birds of a feather...
(no es broma, ¡no podría estar inventando esto!)

¡Adivinen qué lugares de México vamos a conocer!


Pero antes, un poco de historia.
Según Panchito, la Ciudad de México pasó de ser esto:



A ser esto:


Pero si me permiten meter mi cuchara, yo le agregaría que continuó siendo esto:

Y terminó siendo esto:



Después de la clase de historia, podemos presenciar un ritual mexicano tan antiguo como el nopal:
La tradicional peda.


Entonces Disney pensó: "Tiene que haber un modo de encasillar a los mexicanos del mismo modo en que encasillamos a los árabes". El resultado fue uno de los objetos mágicos menos originales creados por la casa animadora:
¡El Zarape Volador!


Y es con el Zarape Volador que los Tres Amigos viajan a las paradisiacas playas de Acapulco. Les recuerdo que estamos hablando de los años cuarenta y Acapulco aún no estaba desecho por la constante y destructiva erosión de la naquiza, así que en vez de ver arañas en percudidos bikinis de acetato, tomando Fanta y escuchando al Gran Silencio, vemos a puras preciosidades regordetas de la época.



A partir de ahí la historia se vuelve un poco repetitiva. En Brasil era divertido ver a Donald volverse loco por no poder conseguir nalga, pero una hora después, simplemente comienza a dar verguenza. El pobre pierde el control y comienza a brincar por todos lados, gritando, haciendo caras, molestando a las niñas que le huyen, besando y tocando a las que no pueden escaparse. El pato entra en una especie de frenesí sexual, un trance erótico incontrolable. No es broma, tendrían que verlo. Sinceramente uno comienza a sentirse incómodo viendo esto y se pregunta como los padres podían tolerar cosas así en los años cuarenta si en la actualidad le resulta inapropiado a alguien que creció viendo videos de decapitaciones por internet.

¿Y a qué se recurre cuando las chamacas dicen que no?








Y una vez que los pajarracos se sueltan la greña...
TODO DEJA DE TENER SENTIDO.

A partir de aquí ya no presté mucha atención. El vago concepto de trama que se había querido asomar durante la película, aquí decidió que el trabajo era demasiado duro y se largó a su casa.

No se qué contarles. Son 15 minutos de canciones mexicanosas con muchas imágenes psicodélicas, mujeres semidesnudas bailando, Donald persiguiéndolas en una especie de pesadilla erótica (que la película haya dejado de tener sentido no quiere decir que haya dejado de ser pornográfica) y Carmen Molina cantándole una especie de canción de cuna ranchera... en inglés.

Fatal. Yo tiré la toalla. Lo que aconsejo es rebobinar a la parte de Brasil, que al menos es divertida y tiene ritmo. Y cocaína.



Freud está sonriendo desde el más alla...




Les presento a la dominatrix del rancho grande:


Al final, y sin justificación alguna, podemos ver a Paquito... o Pepito o Panchito o warever, jugándose la vida en una corrida de toros...


¡Claro! ¡Toros! ¡Una de las grandes tradiciones mexicanas junto con la paella, las sevillanas y el flamenco!

Y en una de esas... Que se acaba la película. ¿Por qué?
No se. La verdad es que no lo se, así que no me pregunten.

Yo creo que lo que debemos rescatar de este filme es la primera mitad, juuuusto antes de que entrara el mexicano a arruinarlo todo. Brasil es, como decimos en Nueva York, LA NETA...

¿Moraleja? No lo se, supongo que algo así como "Don't drink the water in Mexico" podría ser el mensaje de esta bonita película. Lo cierto es que, con final aburrido o no, este filme se ha colado en la cultura pop mexicana lo suficiente como para que de vez en cuando la alquilemos en el Videocentro (claro que con "alquilemos" quiero decir "robemos" y con "Videocentro" quiero decir "Internet") y se la pongamos a nuestros güeritos y republicanos hijos para que se diviertan cantando con los Three Gay Caballeros.