22 de mayo de 2006

El Nuevo Cine Mexicano es mamón y pretencioso

Corría el año de 1999, yo era un joven de preparatoria y aún tenía sueños que no implicaban poder y dinero (implicaban más bien chichis y dinero). En esa época todos comprábamos garrafas de agua para cuando Windows 98 acabara con la civilización el 31 de diciembre, veíamos MTV porque todavía pasaban Aeon Flux (y no a Luis Miguel) y un niño cubano llamado Elián Gonzáles pisaba por vez primera las costas del cálido Miami para sacudir a los medios masivos internacionales apenas unos meses después.

Además, Napster recién había matado a la estrella del video, Jorge Ortiz de Pinedo seguía siendo el mismo pendejo que era en 1988 y un joven llamado Ricky Martin tomaba por sorpresa al mundo al ser el primer puertorriqueño presente en los Grammys sin un trapeador y una gorra de carpintero.

En fin que todo marchaba a la perfección hasta que una tarde de viernes, mis amigos y yo rompimos la rutina de ir al cine a ver buenas películas y decidimos ver un filme mexicano...

Pero algo raro pasaba. Este filme mexicano no era protagonizado por Lyn May ni era la decimoquinta entrega de la saga de La Risa en Vacaciones, sino que se trataba de algo nuevo y extraño que nos ponía nerviosos a todos. Era Sexo, Pudor y Lágrimas, una película promocionada como si se tratara una producción mexicana pero… “en versión semi decente”, con “una trama supuestamente bien estructurada, un nombre con intención de sonar poético, ¡y hasta un director de fotografía con salario y toda la cosa!” (Roger Ebert, 2000, “How do you say ‘six thumbs down’ in spanish?” Ed. José Igato).

Mis amigos y yo entramos al cine con la mejor intención de ver un filme divertido, la sala estaba llena y todos nos sentamos a un rato de sano humor… pero el señor Antonio Serrano tenía otros planes para nosotros, unos planes que incluían humor deslavado de sitcom sabatina, forzadas frases “ingeniosas”, diálogos pretenciosos, poligamia (que es pecado), hombres desnudos (que también es pecado) y una hippie globalifóbica (que es, por supuesto, el peor de todos los pecados).

Este es un muy claro resumen de la trama, cortesía de un servidor:















O algo así, no recuerdo bien…

Decepcionado por la deprimente calidad del llamado Nuevo Cine Mexicano, me prometí no volver a ver una película si no era dirigida por un inglés, producida por un judío y distribuida por Miramax, como debe ser el buen cine. Está claro que ni yo me la creí, más que nada porque ya me había hecho esa promesa unos años antes, cuando vi El Bulto, del PENDEJO de Gabriel Retes con su hijo maricón que intenta hacer papeles de heterosexual sólo para cagarme las bolas.

Por cierto que la semana pasada que fui a ver The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy por decimotercera vez, me encontré con algo terrible, terrible: un póster de la secuela de Bienvenido Welcome, la otra pendejada de la familia Retes.

¿Quieres dejarles un México mejor a tus hijos? Pues asegúrate de que no exista una cuarta generación de Retes que intente venderles Bienvenido Welcome 7: La Venganza Continúa o El Bulto 12: Coma en Acapulco.

(Avísenme cuando empiece a hacer chistes demasiado específicos)

Es muy cierto que este problema no es único del cine mexicano. ¿Quién no soltó un muy amargo “¡Que noooo mamen!” cuando escuchó los diálogos súper pretenciosos de películas sudamericanas como El lado oscuro del corazón o Martín H.

Amigos del mundo entero: No se dejen engañar por nuestros cineastas. Los latinoamericanos no somos especialmente románticos, ingeniosos o apasionados. Tampoco hacemos comentarios poéticos en nuestras conversaciones privadas (o en cualquier momento de nuestras vidas, para el caso). Los latinos no usamos tropos en nuestras discusiones ya que aquí la mayoría no sabe lo que es un tropo y, de hecho, nunca conocerá a alguien que sepa lo que es un tropo o cualquier otro tipo de figura retórica porque en nuestro pedazo de continente, el 97.4% de la población no sabe leer, escribir, hablar o siquiera caminar de forma correcta. Los latinos no vendemos poemas en los semáforos como en El lado oscuro del corazón; más que poemas, vendemos pastillas, paletones, chocolates, chicles, salvavidas, agujas, cutters y encendedores. Cuando quieran comprar o fabricar con mano de obra semigratuita algunos de estos productos, llámennos, porque aquí abajo será una pésima fuente de cine y poesía, pero tenemos unas maquiladoras que le parten la madre a las de Corea del Sur y que nos están dejando sin servicio doméstico, así que más vale que aprovechen.

Retomando. A pesar de que Gabriel Retes es un estúpido bolonio, el director latinoamericano que más odiamos los Malnacidos es, lo adivinaste chamacón: Carlos Marcovich.

Tal vez recuerdes a Marcovich por películas como Quién diablos es Juliette?, videos como Afuera de Caifanes y libros como Es fácil ser un mamón pretencioso (si sabes como). Además, Carlos es hermano de Alejandro Marcovich, ex guitarrista de Caifanes-Jaguares, una de las peores bandas de rockcito chaqueta que ha surgido en México junto con El Tri y Las Ultrasónicas. Para ser sincero, no estoy seguro de si odio a más a Carlos o a Alejandro pero como este es un texto de cine, nos concentraremos en el primero.

A continuación, les presento parte del currículum profesional del señor Marcovich:

- Carlos Marcovich dirige un video de Caifanes en el que supuestamente utiliza un plano secuencia (es decir que todo el video está hecho en una sola toma, sin cortes ni edición alguna – esto es, por supuesto, increíblemente difícil de dirigir ya que si alguien la caga, todos tienen que empezar desde el segundo 1).
- Carlos Marcovich se masturba durante cuatro años sin parar porque todos le creen cuando proclama que fue el primero en usar un plano secuencia en Latinoamérica y por lo tanto es un director “bieeeen locochón”.
- Sale a la luz que algo está podrido en Dinamarca: El mencionado video fue editado pero el corte está tan oculto que nadie en Latinoamérica se dio cuenta.
- Después de un circo mediático iniciado por Ventaneando con Paty Chapoy, se llega a la conclusión de que al principio nadie se dio cuenta del corte porque nadie sabía lo que era un plano secuencia en México y, peor aún, a nadie le importaba.
- Carlos Marcovich decide ir a Cuba para evitar la humillación pública. Con una cámara de probable origen comunista y una iluminación que solo el tercer mundo puede ofrecer, filma un montón de escenas cursis que “reflejan la situación deplorable pero a la vez toda la belleza y yada yada yada y la chingada… del pueblo cubano”.
- Carlos Marcovich convierte ese montón de escenas cursis en el video Tonto Corazón de Benny Ibarra en lo que fue considerado por los expertos como “el peor uso de una cámara de cine desde que Adolfo Hitler se embarró el cuerpo de miel y se filmó mientras su perro Blondie le lamía las bolas”.
- Carlos Marcovich vuelve a agarrar ese mismo montón de escenas cursis y las convierte en la película Quién Diablos es Juliette en lo que fue considerado por los expertos como “el peor uso de una cámara de cine desde que Carlos Marcovich filmó el video Tonto Corazón de Benny Ibarra”.
- Carlos Marcovich dirige un documental sobre el grupo juvenil OV7. Se rumora que esa fue la causa de su triste separación.
- Carlos Marcovich es un pobre pendejo.

Y bueno, es por eso que…

(A partir de ahora, el presente texto se titulará: “Las familias mexicanas deben dedicarse al narco, no al espectáculo”.)

Olvidemos por un momento la mierda del cine mexicano en los noventa y pasemos a la mierda del cine mexicano en el milenio.

Todo empezó bien… nos impresionamos mucho con la fantástica Amores Perros y la increíble Y tu mamá también. Los que teníamos fe en nuestro indiarraco país pensamos: “Dios mío, ¡el cine mexicano está avanzando gracias a Gael García y a pesar de Diego Luna!” pero poco después, Gael se fue de México y Diego se quedó. Regresamos al punto cero.

Fue ahí cuando empezó a surgir la una nueva oleada de vergüenzas nacionales: Asesino en serio, De qué lado estás, La habitación azul, Amarte Duele, La hija del caníbal, Nicotina, Sin Ton ni Sonia, el muy mal logrado Pachito Rex y por supuesto los tres clasicazos del nuevo cine mexicano: Inspiración, Alex Lora: Esclavo del Rocanrol y Zapata: El Sueño del Héroe con la memorable actuación de Lucerito y en donde Alejandro Fernandez tiene poderes de Mi bella Genio y puede comunicarse con los caballos nomás apretando el culo.

Empezando con Todo el Poder y terminando con Cero y van cuatro, el espectador externo podría creer que lo único que quieren ver los mexicanos es un retrato de la inseguridad que se vive en sus calles. En un fenómeno que aún carece de explicación, los productores deciden que lo que necesita el pueblo mexicano es que le recuerden todas las mamadas que pasan en la vida real cuando en realidad entran al cine precisamente para olvidarse un rato de todo eso (“ay si”).

Eso no solo me parece falta de imaginación, sino que en muchos aspectos lo considero UNA FALTA DE RESPE- Momento…

¿Escuchan eso?

Creo que es…

¡SI! ¡Sí es!

Para variar, un latinoamericano tuvo la mente clara y realizó una película que te hace pasar un buen rato. Temporada de Patos es, sin duda, la mejor película de la historia del cine internacional, superando por mucho a Ciudadano Kane, El Padrino, Fight Club, Metropolis, Wild Wild West y Gigli juntos… Y si no, al menos es una excelente película que ha redimido temporalmente al cine mexicano. En lo que a mi concierne, Eimbcke debe ser el único con licencia para dirigir películas en nuestro país. De hecho, me gustó tanto esta película que a partir de mañana únicamente se podrá acceder a Malnacido.com con una contraseña que te daremos al recibir tu ticket de compra del DVD de Temporada de Patos en Mixup.

Es en serio. Es muy, muy en serio. Anda, corre.

Además de Eimbcke, el único hombre que ha podido hacer buen cine mexicano es por supuesto, un norteamericano, el Señor Licenciado Don Roberto Rodríguez, alias “My Brother”, creador de la saga de El Mariachi, Sin City y Las Aventuras del Chico Tiburón y La Nena Lava en Tres Dimensiones. Rodríguez ha estudiado el arquetipo del mal cine mexicano a un nivel tal que es el único en el mundo que puede darse el lujo de hacer una película “mexicana”, convertirla en un éxito de taquilla y además coleccionar wawis de la crítica. Todo esto mientras cobra cheques del tamaño del Código Hammurabi y tiene sexo sin protección con más celebridades que Howard Hughes y Andrés García juntos.

Robert Rodríguez es el director mexicano perfecto por la única razón de que es gringo.

Y bueno, me estoy quedando con ganas de escribir sobre muchas otras películas (o de ahondar en Zapata con Lucerito y Jaime Camil durante 27 páginas más), pero ya me alargué lo suficiente. Lo sí que quiero que quede claro es que no debemos apoyar al cine mexicano sólo por ser mexicano. No soporto a los cineastas fracasados que se quejan de que los mexicanos preferimos ver estupideces extranjeras y no le damos oportunidad al cine nacional y que por eso se están quedando sin trabajo. ¡No señores, se confunden! Los mexicanos preferimos ver películas extranjeras porque de otros países nos han llegado obras maestras como 2001: Odisea del Espacio, Amélie, One Flew Over the Cuckoo’s Nest, Fight Club, Kill Bill, Volver al Futuro y Las Tortugas Ninja 2 mientras aquí nos han querido vender durante décadas películas de ficheras, de luchadores, de secuestros y Sexo, Pudor y Lágrimas, que por cierto, bien pudo haber sido el peor capítulo de Friends de la historia.

A mí que no me pidan que apoye lo mexicano si lo mexicano es una mala fotocopia de lo extranjero. Si le siguen haciendo documentales a Alex Lora y lo quieren hacer pasar como cine, adelante, pero que no cuenten conmigo para la premiere a menos que asista Belinda y me cante al oído “Happy Birthday, Mr. President” mientras me acaricia el pelo muy, pero muy suavemente.

Esa, caballeros, es mi posición oficial sobre el cine latinoamericano... ¡Y del cine español ni hablemos! Si quisiera ver transexuales cogiendo, compraría un boleto para Monterrey, no para el cine.